¿Cómo crear vínculos
con los estudiantes?
La confianza y las
emociones positivas
En primer lugar, hay que desmitificarse acerca de la figura del alumno
como una “tábula rasa”, que se desviste de sus emociones e intereses en el
momento en el que toca el timbre de entrada al aula.
Reconocer esto es imprescindible por muchas razones. La mejor que se me
ocurre es la que se evidencia en el lenguaje corporal del profesor al caminar
por el pasillo, la que se pone de manifiesto en la cara del profesor al entrar
al aula, la que nos habla en la posición que éste adopta en la silla o al
frente del pizarrón…Es decir, que nosotros como profesores tampoco podemos
despojarnos de nuestras emociones. Hay una comunión de emociones…
Y, en segundo lugar, alumnos y profesores entramos en un pacto. En éste
sellamos la confianza entre ambos. Si los alumnos deben escucharnos “por estar
allí”, aunque eso no es garantía, al menos el profesor debe ser consciente de
que por coacción no puede pretender que se genere “el milagro”.
Phillipe Meirieu promueve la afirmación de que hay que tener confianza
en la relación de enseñanza aprendizaje, es decir, creer positivamente en la
capacidad del alumno para reflexionar, preguntarse, vincularse con el
conocimiento, es decir volverse actor de su propia trama.
¿Cómo podría uno enseñar si de antemano lo
congelan los prejuicios? ¿Cómo podría uno aprender si antes de comenzar lo
expulsan las etiquetas?
Las prácticas o tareas de aprendizaje deben entonces planificarse en
vista de las dimensiones afectivas de nuestros alumnos; previendo sus limitaciones,
incluyendo sus intereses. Y departirlas con la convicción suficiente de que es
ese el camino; y de que, si surgen obstáculos, se puede optar por otras
salidas.
Vuelvo a la escena en el aula, y confirmo: los profesores son
multiplicadores de emociones, contagian. Si nuestra cara es de pocos amigos, se
nota y se reproduce, hay un “invierno” de predisposiciones para el aprendizaje.
Coartamos la palabra.
¿Cómo promuevo que se establezca un vínculo
con el alumno?
Cuando inicia el año lectivo, me gusta comenzar con la expresión
escrita libre. Propongo que los alumnos escriban una “semblanza” sobre ellos
mismos. Explico de antemano qué es una semblanza. La defino de manera sencilla:
les pido que piensen en una conversación con un amigo o amiga que no han visto
por un largo tiempo. Les indico que escriban todo lo que puedan acerca de sus
vacaciones, tiempo libre, gustos musicales, algún acontecimiento importante,
etc. Luego, leo todos los escritos, recuerdo sus nombres al entregárselos.
Trato de escribir alguna leyenda que los haga sentir bien.
En los cursos más chicos, pido que dibujen algo y alguna frase que les
haya gustado de alguna canción o que sepan de antemano.
De esta manera, se achica la
distancia, y se puede comenzar con una tarea de aprendizaje más amena.

Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarMuchas cosas me gustan de tus comentarios: creo que estás imbuida de las ideas que tanto me interesan sobre el trabajo emocional en clase: me gustan las ideas de pacto con los estudiantes, de estar atentas a qué emociones llevamos a clase o la de la necesidad de "aprender la simpatía". Usas metáforas que demuestran que crees en esa influencia (el invierno, el contagio de emociones).
ResponderEliminarTambién me gusta tu actividad para crear lazos entre tú y los estudiantes; conocerlos un poquito desde el primer día de clase, sentir curiosidad por su mundo personal, ayuda a generar esos pactos y lazos. Y el "piropeo", como yo llamo al comentario valorizante, siempre es efectivo si es sincero.
¡Muy interesante!
ResponderEliminarTus reflexiones son bien auténticas ya que hablan de la experiencia real de la enseñanza-aprendizaje.
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